miércoles, 13 de mayo de 2026

A la calle Carlistas, a la calle!

España se hunde mientras demasiados hombres que se llaman Carlistas siguen instalados en la comodidad de los salones, las cenas de camaradería y las fotografías de aniversarios. Y hay que decirlo claramente: así no se defiende una patria, ni una tradición, ni un pueblo.

El carlismo no nació para convertirse en una cofradía de nostálgicos ni en una asociación dedicada exclusivamente a recordar glorias pasadas. 

Nació para combatir.

 Nació para plantar cara al liberalismo, a la corrupción del poder, a la destrucción de las comunidades naturales y a quienes pretendían convertir España en un simple mercado sin alma ni raíces.

Hoy la situación es gravísima. Nuestros jóvenes no pueden independizarse porque la vivienda se ha convertido en un lujo. Las familias trabajan para sobrevivir mientras la inflación y los impuestos las asfixian. La inmigración masiva y descontrolada transforma barrios enteros y genera inseguridad, tensión social y pérdida de identidad. El campo se abandona. La sanidad se colapsa. Los pueblos mueren lentamente. Y mientras tanto, una clase política corrupta y parasitaria vive completamente desconectada del sufrimiento real de la gente.

¿Y dónde están los carlistas?

Porque no basta con aparecer una vez al año en Montejurra, o en cualquier otro acto, ponerse la boina roja, cantar viejos himnos y volver a casa creyendo que con eso se ha cumplido el deber. No basta con rezar rosarios mientras España se descompone delante de nuestras narices. Sí, el rosario tiene valor espiritual. Sí, la oración es necesaria. Pero conviene recordar algo elemental: mientras unos rezan y actúan, otros solo rezan… y desaparecen.

Los problemas políticos no se solucionan únicamente con plegarias. Se solucionan organizándose, dando batalla cultural, ocupando las calles, creando estructuras sociales, ayudando al pueblo, defendiendo nuestros barrios y enfrentándose públicamente a quienes destruyen España.

Hace décadas que el Carlismo vive demasiado cómodo en la marginalidad. Y a veces parece que algunos prefieren ser un pequeño grupo “puro” antes que una fuerza real con presencia social. Pero un movimiento que renuncia al combate termina convertido en una pieza de museo. Y España no necesita museos políticos. Necesita hombres con coraje.

Nuestros antepasados no levantaron el carlismo para esconderse. Levantaron periódicos, sindicatos obreros, círculos sociales, cooperativas y redes de ayuda mutua. Estuvieron junto al campesino, al obrero y a la familia humilde. Se enfrentaron al poder cuando hizo falta. Arriesgaron su libertad y su vida. Comparados con ellos, demasiados carlistas actuales parecen funcionarios de la nostalgia.

Es hora de despertar.

Es hora de volver a estar presentes en cada protesta justa, en cada reivindicación social, en cada conflicto que afecte al pueblo español. Hay que volver a los barrios, a las universidades, a las asociaciones, al mundo rural y a las calles. Hay que dejar de actuar como espectadores mientras otros ocupan todos los espacios.

Porque quien abandona la calle, entrega también el futuro.

Y si el carlismo no recupera la voluntad de lucha, de sacrificio y de presencia real, acabará reducido a una caricatura inofensiva tolerada por el propio sistema al que dice combatir.

La boina roja no puede ser un disfraz para actos conmemorativos. Debe volver a ser símbolo de compromiso, de rebeldía y de combate social al servicio de Dios, de la Patria y del pueblo español.

España no necesita Carlistas dormidos.

Necesita Carlistas en pie.

Círculo Carlista Isabel I de Castilla


domingo, 10 de mayo de 2026

Montejurra 1976–2026: cincuenta años de una herida abierta en el corazón del Carlismo

 


El  9 de mayo se han cumplido cincuenta años de los sucesos de Montejurra de 1976, uno de los episodios más oscuros, manipulados y tergiversados de la llamada Transición española. Medio siglo después, sigue existiendo un intento interesado de presentar aquellos hechos como un simple “enfrentamiento entre carlistas”, cuando la realidad histórica y política fue mucho más compleja, mucho más turbia y, sobre todo, mucho más dolorosa para quienes durante generaciones mantuvieron viva la llama de la Tradición.

Montejurra no era una romería cualquiera. No era un mitin improvisado ni una feria política abierta a cualquier ideología oportunista del momento. Montejurra era —y sigue siendo para muchos— un lugar sagrado de memoria y homenaje a los requetés que dieron su vida por Dios, por España, por los Fueros y por la Monarquía Tradicional. El viacrucis de Montejurra nació como un acto profundamente espiritual y político en el sentido más noble de la palabra: el recuerdo de quienes lucharon y murieron defendiendo unos ideales concretos.

Por eso resulta imposible no señalar la enorme contradicción —y para muchos la auténtica profanación moral— que supuso la presencia en aquellos actos de organizaciones completamente ajenas e incluso opuestas al ideario histórico carlista. Allí aparecieron grupos y militantes vinculados al "Partido Karlista" reconvertido ideológicamente hacia posiciones socialistas y federalistas, de extrema izquierda,  acompañados además por elementos del Movimiento Comunista, la Liga Comunista Revolucionaria, la Organización Revolucionaria de Trabajadores, e incluso ambientes cercanos a ETA y a la extrema izquierda revolucionaria de la época.

Aquello no solo generó una fractura política. Para muchos Carlistas fue la sensación de estar viendo cómo se utilizaba el nombre del Carlismo para convertir Montejurra en otra cosa distinta, ajena a su esencia histórica. Y no pocos veteranos requetés, hombres que habían conocido la guerra, la persecución y el sacrificio, contemplaron aquello con auténtica amargura.

Los requetés a quienes iba dedicado el viacrucis de Montejurra probablemente se revolverían en sus tumbas viendo banderas, consignas y organizaciones que jamás habrían tenido cabida en el ideal por el que ellos combatieron.

Y, sin embargo, nada de eso justifica la violencia ni la tragedia que terminó produciéndose aquel 9 de mayo de 1976.

Porque otra de las grandes manipulaciones históricas ha sido reducir aquellos hechos a una “pelea interna” entre dos facciones equivalentes del Carlismo. No. Lo sucedido en Montejurra no puede entenderse sin el contexto de las operaciones políticas, policiales y de inteligencia que se movían en la España de aquellos años. Cada vez más investigaciones históricas han señalado la existencia de intereses de las altas esferas del Estado de entonces, así como de sectores vinculados a aparatos de seguridad nacionales e internacionales, preocupados por controlar el rumbo de la llamada Transición y neutralizar cualquier movimiento incómodo o imprevisible.

Montejurra acabó convertido en un escenario de provocación, tensión y violencia donde murieron dos personas no carlistas: Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos. Sus nombres merecen memoria y respeto, lejos de las manipulaciones partidistas posteriores.

Cincuenta años después, quizá haya llegado el momento de hablar con claridad y sin complejos:

Montejurra no fue un simple enfrentamiento entre carlistas.

Fue también el reflejo de una operación de descomposición política, de infiltración ideológica y de utilización interesada de una tradición histórica centenaria por parte de actores que nada tenían que ver con el Carlismo histórico.

Y fue igualmente una advertencia brutal de hasta qué punto la Transición española estuvo lejos de ser ese relato idílico y perfectamente pacífico que durante décadas se intentó vender.

Hoy, medio siglo después, recordar Montejurra debería servir no para reabrir odios entre españoles, sino para defender la verdad histórica frente a las simplificaciones interesadas. Porque un pueblo que falsea su memoria acaba perdiendo también su identidad.

Montejurra sigue siendo un símbolo.

miércoles, 6 de mayo de 2026

40 Años de Unidad: La CTC como Baluarte de la Tradición

 


El pasado sábado, los muros del Escorial no solo custodiaron la historia de las Españas, sino que fueron testigos del vigor renovado de una Causa que se niega a morir. Los carlistas nos reunimos para conmemorar el 40 aniversario del Congreso de la Unidad Carlista, aquel hito de 1986 en el que la Comunión Tradicionalista, la Unión Carlista y la Comunión Católico Monárquica fundieron sus destinos en una sola organización: la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC).

Mucho más que un aniversario

Es fundamental entender que la CTC no nació simplemente para llenar un calendario de efemérides ni para celebrar "cumpleaños". Nuestra existencia no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad. La unión de hace cuatro décadas fue un acto de responsabilidad para levantar un baluarte inexpugnable de la España Tradicional.

Nacimos y seguimos en pie por una misión que trasciende los tiempos: la defensa del lema que resume nuestra civilización:

  • Dios: Como principio y fin de toda justicia social.
  • Patria: La España auténtica, no la de los laboratorios ideológicos.
  • Fueros: La libertad real de los pueblos frente al centralismo asfixiante.
  • Rey Legítimo: Como garantía de continuidad y servicio al bien común.

Unidad frente a la fragmentación

Hoy, más que nunca, el escenario político y social de España nos obliga a una profunda reflexión. No es tiempo de mirarse el ombligo ni de enredarse en pequeñas diferencias accidentales o matices personales. El enemigo de la Tradición avanza precisamente allí donde encuentra la división.

"La CTC es la casa común de todos los que sentimos el latido de la España de siempre."

La fortaleza de nuestros ideales exige que estemos todos unidos. La dispersión es un lujo que la España Tradicional no se puede permitir. El Congreso de la Unidad de 1986 nos marcó el camino: la generosidad y el sacrificio en favor de una estructura sólida que sea capaz de dar batalla cultural y política.

Un compromiso de futuro

Celebrar estos 40 años es, sobre todo, renovar un juramento. La CTC sigue siendo la herramienta necesaria para quienes no se resignan a la disolución de nuestra patria. Invitamos a todos los carlistas a cerrar filas, a dejar atrás lo que nos separa y a potenciar lo que nos hace invencibles: nuestra Fe y nuestra lealtad a la Tradición.

¡Por Dios, por la Patria, los Fueros y el Rey!

A la calle Carlistas, a la calle!

España se hunde mientras demasiados hombres que se llaman Carlistas siguen instalados en la comodidad de los salones, las cenas de camarader...