El 9 de mayo se han cumplido cincuenta años de los sucesos de Montejurra de 1976, uno de los episodios más oscuros, manipulados y tergiversados de la llamada Transición española. Medio siglo después, sigue existiendo un intento interesado de presentar aquellos hechos como un simple “enfrentamiento entre carlistas”, cuando la realidad histórica y política fue mucho más compleja, mucho más turbia y, sobre todo, mucho más dolorosa para quienes durante generaciones mantuvieron viva la llama de la Tradición.
Montejurra no era una romería cualquiera. No era un mitin improvisado ni una feria política abierta a cualquier ideología oportunista del momento. Montejurra era —y sigue siendo para muchos— un lugar sagrado de memoria y homenaje a los requetés que dieron su vida por Dios, por España, por los Fueros y por la Monarquía Tradicional. El viacrucis de Montejurra nació como un acto profundamente espiritual y político en el sentido más noble de la palabra: el recuerdo de quienes lucharon y murieron defendiendo unos ideales concretos.
Por eso resulta imposible no señalar la enorme contradicción —y para muchos la auténtica profanación moral— que supuso la presencia en aquellos actos de organizaciones completamente ajenas e incluso opuestas al ideario histórico carlista. Allí aparecieron grupos y militantes vinculados al "Partido Karlista" reconvertido ideológicamente hacia posiciones socialistas y federalistas, de extrema izquierda, acompañados además por elementos del Movimiento Comunista, la Liga Comunista Revolucionaria, la Organización Revolucionaria de Trabajadores, e incluso ambientes cercanos a ETA y a la extrema izquierda revolucionaria de la época.
Aquello no solo generó una fractura política. Para muchos Carlistas fue la sensación de estar viendo cómo se utilizaba el nombre del Carlismo para convertir Montejurra en otra cosa distinta, ajena a su esencia histórica. Y no pocos veteranos requetés, hombres que habían conocido la guerra, la persecución y el sacrificio, contemplaron aquello con auténtica amargura.
Los requetés a quienes iba dedicado el viacrucis de Montejurra probablemente se revolverían en sus tumbas viendo banderas, consignas y organizaciones que jamás habrían tenido cabida en el ideal por el que ellos combatieron.
Y, sin embargo, nada de eso justifica la violencia ni la tragedia que terminó produciéndose aquel 9 de mayo de 1976.
Porque otra de las grandes manipulaciones históricas ha sido reducir aquellos hechos a una “pelea interna” entre dos facciones equivalentes del Carlismo. No. Lo sucedido en Montejurra no puede entenderse sin el contexto de las operaciones políticas, policiales y de inteligencia que se movían en la España de aquellos años. Cada vez más investigaciones históricas han señalado la existencia de intereses de las altas esferas del Estado de entonces, así como de sectores vinculados a aparatos de seguridad nacionales e internacionales, preocupados por controlar el rumbo de la llamada Transición y neutralizar cualquier movimiento incómodo o imprevisible.
Montejurra acabó convertido en un escenario de provocación, tensión y violencia donde murieron dos personas no carlistas: Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos. Sus nombres merecen memoria y respeto, lejos de las manipulaciones partidistas posteriores.
Cincuenta años después, quizá haya llegado el momento de hablar con claridad y sin complejos:
Montejurra no fue un simple enfrentamiento entre carlistas.
Fue también el reflejo de una operación de descomposición política, de infiltración ideológica y de utilización interesada de una tradición histórica centenaria por parte de actores que nada tenían que ver con el Carlismo histórico.
Y fue igualmente una advertencia brutal de hasta qué punto la Transición española estuvo lejos de ser ese relato idílico y perfectamente pacífico que durante décadas se intentó vender.
Hoy, medio siglo después, recordar Montejurra debería servir no para reabrir odios entre españoles, sino para defender la verdad histórica frente a las simplificaciones interesadas. Porque un pueblo que falsea su memoria acaba perdiendo también su identidad.
Montejurra sigue siendo un símbolo.

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